Juntos pero no revueltos

20 años entre energía y personas

En Galicia tenemos una mano de obra muy cualificada, especialmente en el sector del petróleo y la energía, que es donde he pasado los últimos 20 años de mi vida.

Pero en paralelo al aprendizaje profesional, también he tenido que aprender a lidiar con algo mucho menos técnico: los puñales por la espalda.


El contraste

He trabajado con muchísima gente:

  • Aproximadamente un 50% gallegos
  • Y otro 50% de diferentes nacionalidades

Si hago balance, las personas más increíbles que he conocido provienen en un 75% de fuera. Solo un 25% gallegos.

Y la pregunta es inevitable:

¿Qué nos pasa?
¿Por qué nos mueve tanto la envidia?
¿Por qué esa necesidad constante de querer estar un paso por encima del compañero?


Competencia sí, pero no a cualquier precio

Entiendo la competencia laboral. Es sana y hasta necesaria.
Lo que no entiendo es cuando se convierte en un juego sucio, donde la estrategia consiste en hablar mal del que tienes al lado.

He vivido ascensos en los que algunos me felicitaban de frente mientras, minutos después, me criticaban a mis espaldas.
He tenido jefes que se atribuían mis logros como si fueran fruto de un favor que yo les debía.

Y siempre lo detecté en un gesto tan simple como un apretón de manos:

  • Flácido y sin entusiasmo → más falso que un “enhorabuena” de compromiso.
  • Excesivamente fuerte → casi doloroso, como si necesitaran marcar territorio.

Ni tanto ni tan poco.


La verdadera prueba

Con el tiempo, he tenido la confirmación de mis sospechas.
De unos 200 compañeros gallegos con los que trabajé codo con codo, solo tres me llamaron o escribieron para preguntarme cómo estoy.

Tres.

No necesito esas llamadas para sentirme mejor, pero sí me sirven como termómetro de la realidad.

En cambio, de compañeros extranjeros recibí innumerables mensajes y llamadas de apoyo.

Ayer mismo me contactó “Lo”, un holandés con el que apenas trabajé seis meses. Y os aseguro que me hizo más ilusión que años compartidos con muchos paisanos.



Lo que de verdad queda

Al final, los amigos de verdad son pocos, pero auténticos.


Me quedo con nombres propios: Carlos, Novo, Nacho, Román, Tinaka, Tato, Miguel y Lo.

Ellos son quienes me escriben, me llaman y hasta me visitan cuando vienen de vacaciones.
Ellos son los que de verdad cuentan.


La lección

Después de 20 años, si algo tengo claro es esto:

La calidad de las personas no se mide por su origen, sino por su autenticidad.

Prefiero un puñado de manos sinceras que cientos de apretones vacíos.


Repito, no necesito eso pero si me lo dan, lo cojo con agradecimiento porsupuesto y me inyectan una dosis de alegría.

Esto no es una crítica sino una llamada de atención y se que todos y cada uno de los gallegos que han trabajado conmigo opinan lo mismo que yo pero no lo dirán.


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