Me he permitido tomar prestado el título de esta entrada de una canción de Pau Donés. Porque a veces las palabras de otros reflejan exactamente lo que uno siente.


Un presentimiento desde el primer paso

Hay días en los que, nada más poner un pie fuera de la cama, ya sé cómo va a ser la jornada. Es un “superpoder” que he ido desarrollando con el tiempo.
Saberlo me da una cierta ventaja: puedo anticiparme, planear, e incluso cambiar el rumbo si algo no va bien.

Hace unos días, tuve uno de esos días en los que el cuerpo avisa: hoy va a ser complicado. Entonces me dije:
Naturaleza, paisaje, animales, mis hijas, mis cámaras… y, por supuesto, yo.


Rumbo a La Curota

Por la tarde, para tratar de reconducir el día, cogí el coche con mis hijas y nos fuimos a La Curota (A Pobra do Caramiñal). Es un lugar especial, lleno de belleza, donde ya he estado varias veces, incluso en bici.

El paisaje es impresionante. Caballos y vacas pasean a sus anchas, el mar se ve a lo lejos, y la paz es total.
Mis hijas lo disfrutaron incluso más que yo, y eso ya es decir mucho.

A veces no hace falta cruzar el país ni subirse a un avión para desconectar.
Tenemos rincones mágicos a pocos kilómetros de casa. Sitios con encanto a golpe de pedal, o a 20 minutos en coche.

Y sí, muchas veces son esas decisiones espontáneas las que marcan la diferencia entre un mal día y uno memorable.


El reto de lo cotidiano

Entrenar, salir con la bici, cumplir con las tareas diarias… ya cuesta.
Pero en mi caso, cuesta más.

Me despierto cada día con dolor. Cada día con una nueva incógnita:
¿qué parte del cuerpo me va a fallar hoy?, ¿cómo me responderá?

Es una lucha constante. Física, sí. Pero sobre todo, mental.


La mochila, la bici, y las ganas

Me cuesta preparar la mochila para entrenar con mi entrenador personal dos veces por semana.
Una hora entera sin parar, dándolo todo. Pero sé que al salir de ahí me siento más ligero, más fuerte, más vivo.
Por eso lo hago.

Me cuesta madrugar para rodar una hora en bici a las 7 de la mañana. Pero después llega esa calma, esa claridad, ese silencio…
Y por eso lo vuelvo a hacer.

Me cuesta incluso salir con mis hijas a disfrutar de una tarde en el parque o visitando algún sitio.
Pero ahí ya no pienso en mí. Pienso en ellas, en sus sonrisas, en su entusiasmo.
Y entonces descubro que su felicidad también es la mía.


Mi lucha, mi fuerza

Llego a casa agotado, sí.
Pero todo lo que me empuja fuera de mi zona de confort es lo que me hace fuerte.

La batalla interna que tengo contra Mr. Park no se ve desde fuera. Solo yo sé cómo se siente. Y explicarlo… es casi imposible.


Los avances… y la realidad

Hay personas que me hablan de nuevos tratamientos, de investigaciones con ratones, de esperanzas futuras.
Sé que lo hacen con buena intención, pero a veces me resulta difícil escucharlo.

Porque hoy, lo que tengo es esto:
la medicación disponible, el deporte, la alimentación, el descanso… y la necesidad de evitar el estrés al máximo.
Eso es lo que depende de mí. Lo que puedo controlar.

¿Me interesan los avances? Por supuesto.
Cada noche, antes de dormir, me informo, leo, busco novedades. Están ahí. Pero no vivo esperando una cura milagrosa. Vivo apostando por lo que sí tengo.


Mi medicina real

Mi mujer.
Mis hijas.
Una bicicleta.
Dos horas de entrenamiento a la semana.
Y mi cabeza, que aunque a veces se tambalee, sigue procesando, soñando, luchando.

Porque eso que tú me das vida, amor, compañía también me lo doy yo, todos los días, a mi manera.


Gracias por leer.

Si este texto te ha hecho sentir algo, si te ha recordado que el presente es lo único que realmente tenemos, compártelo. Porque a veces, eso que tú das, también puede ser justo lo que alguien necesita.


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